El 2 de junio fue la fecha límite. Más de 2.300 aficionados en Inglaterra y Gales con una football banning order activa tuvieron que entregar su pasaporte a la policía. Sin documento, sin Mundial. El mecanismo funciona: la policía retiene esos pasaportes hasta el 19 de julio, día de la final en MetLife Stadium.
La medida no es nueva, pero el volumen sí llama la atención. Es una de las cifras más altas registradas de cara a un torneo internacional. El dato refleja que el número de órdenes de alejamiento relacionadas con el fútbol en el Reino Unido sigue siendo elevado, décadas después de los peores episodios del hooliganismo.
Qué es una banning order y por qué importa en un Mundial
Una football banning order es una sanción judicial, no administrativa. La impone un tribunal y puede durar hasta diez años. No es una advertencia: es una condena que restringe la libertad de movimiento del afectado cada vez que la selección nacional o su club juega en el extranjero.
Las causas que llevan a una banning order abarcan un espectro amplio: desórdenes públicos, violencia, tráfico de entradas, cánticos de odio, delitos de drogas relacionados con partidos y, más recientemente, delitos de odio cometidos en internet vinculados al fútbol. El sistema existe desde 1989, después del desastre de Hillsborough, y se reforzó tras los episodios de violencia en la Eurocopa de 2000.
Quien incumple una banning order se enfrenta a una multa sin tope máximo y hasta seis meses de prisión.
El número más alto en años
Se esperan alrededor de 65.000 aficionados británicos en el torneo, repartidos entre las sedes de EE.UU., México y Canadá. Frente a ese volumen, los 2.300 casos representan un porcentaje pequeño, pero la tendencia al alza preocupa a las autoridades.
El Mundial de 2026 es, logísticamente, uno de los más complejos para gestionar estas restricciones. Con 16 sedes en tres países y partidos que pueden celebrarse con días de diferencia a miles de kilómetros, el control de quién entra y quién no requiere coordinación entre cuerpos policiales de distintas jurisdicciones.
FIFA y UEFA llevan años presionando a los gobiernos para que amplíen este tipo de controles. El Mundial en suelo norteamericano, con toda la exposición mediática que conlleva, convierte el cumplimiento en una cuestión de imagen para el fútbol inglés, todavía perseguido por el fantasma de su pasado.



