
«No me drogué. Me cortaron las piernas»
«Me cortaron las piernas»: el final del Maradona mundialista
Junio de 1994. Maradona da positivo por efedrina y queda fuera de USA 94. Pronuncia la frase que se convirtió en epitafio de su carrera con la albiceleste.
Maradona llegó a USA 94 más delgado que nunca. Tenía 33 años, había pasado la suspensión por cocaína de 1991-92, había vuelto a entrenarse con su preparador físico personal Daniel Cerrini -no era el médico de la selección- y se presentaba al Mundial con una composición corporal imposible para alguien con su historial de excesos. Antes del torneo, en una entrevista, había advertido medio en broma medio en serio: «Si juego mal, pueden criticarme; si juego bien, también, pero ahora no se puede tirar abajo todo lo que estoy haciendo». La frase ya tenía un tono defensivo. Algo iba a pasar.
Cerrini había diseñado un cóctel personalizado para que Maradona pudiera competir con el peso recuperado. Incluía efedrina, una sustancia que la FIFA había tolerado durante los años ochenta y que aplicaba ahora con criterios más estrictos. Hay versiones contradictorias sobre si Maradona conocía exactamente la composición de lo que tomaba. Lo que es seguro es que el médico oficial de la selección, Roberto Peidró, no estaba en el bucle.
El primer partido contra Grecia, 25 de junio de 1994 en Foxborough, terminó 3-0. Maradona marcó al minuto 60 un gol espectacular: zurdazo cruzado desde la frontal, ángulo perfecto, celebración rabiosa frente a la cámara con los ojos abiertos como un poseído, gritando algo inaudible. La imagen, que daría la vuelta al mundo, condensa una década de la carrera de Diego: la furia y la genialidad indistinguibles. Cuatro días después, tras Argentina-Nigeria (2-1), llegó el control antidopaje. Maradona ya no aparecería en cancha. La FIFA lo retiró del Mundial.
«No me drogué. Me cortaron las piernas». La frase es tan precisa que duele. Maradona no negaba la sustancia. Negaba la intención. Cortar las piernas a un futbolista es una metáfora boxística -Sandy Saddler hizo eso a Willie Pep en sus cuatro peleas históricas de 1948-1951-, pero también es una imagen de mutilación pura. La frase reposicionaba a Maradona como víctima, no como tramposo: alguien le había hecho algo, alguien tenía interés en sacarlo, alguien le había puesto la sustancia o no le había avisado. La FIFA, según esa versión, era el cirujano. Y en parte tenía razón.
Argentina, sin Maradona, perdió contra Rumania en octavos (3-2) y se fue a casa. Hagi y Petrescu, quizá las dos últimas grandes generaciones rumanas, jugaron un Mundial de manual. Pero la imagen que quedó no fue la victoria rumana, sino el Maradona ausente. La selección argentina sin él volvió a ser, durante doce años, una colección de jugadores de talento esperando otro líder. Lo encontrarían sólo en 2010, con Messi -aunque entonces el entrenador era el propio Diego, y la cosa terminó otra vez en desastre.
La frase se ha citado durante treinta años como cierre de una trayectoria épica. Pero también funciona como anuncio del Maradona posterior: el comentarista de televisión, el director técnico de Argentina en 2010, el hombre cada vez más roto que aparecía y desaparecía de la escena pública. A partir de 1994, el barrilete cósmico ya no jugaría. Solo recordaría que había jugado. Quizá por eso esta frase, más que la Mano de Dios o el Barrilete cósmico, es la que mejor explica al Diego de las dos últimas décadas: la víctima orgullosa que aceptaba la culpa pero exigía un culpable.
Tras dar positivo por efedrina en el control antidopaje del Mundial USA 94. Maradona acababa de marcar contra Grecia y celebrar con la cámara. Argentina lo sacó del torneo y, tras esto, perdió contra Rumania.