Febrero de 1980. El fútbol italiano se cae a pedazos.

La Giustizia Sportiva destapa el Totonero: una red de apuestas ilegales que implica a decenas de jugadores de la Serie A. Entre ellos, Paolo Rossi. Delantero del Vicenza, internacional con Italia, participante en el Mundial de Argentina 1978 donde los azzurri llegaron a cuartos. El tribunal lo inhabilita dos años. Sin apelación que funcione. Sin revancha a corto plazo.

Rossi cumple la sanción y regresa al fútbol en abril de 1982. Tiene dos meses para ponerse en forma antes de que empiece el Mundial de España. Su club, la Juventus, confía en él. Enzo Bearzot, el seleccionador, también. La prensa italiana, no.


Grupos: el silencio sepulcral de un delantero fantasma

Italia debuta en el Grupo 1, en Vigo y en Gijón. Los rivales son Polonia, Perú y Camerún. El plan de Bearzot es sobrevivir: un empate contra Polonia, uno contra Perú, uno contra Camerún. Calificación por diferencia de goles. Eficacia mínima. Nadie explota la posición.

Rossi no marca. En tres partidos, cero goles, pocas ocasiones, movimientos imprecisos. La Gazzetta dello Sport pide su sustitución. Los aficionados silban en los entrenamientos. Bearzot no dice nada en público. Cierra el vestuario a los periodistas. Una decisión que la prensa interpreta como soberbia y que la historia convertirá en sabiduría.

Italia pasa de ronda con tres empates. Los estadios la despiden entre abucheos.


Barcelona, 2 de julio. La noche en que Rossi recuerda quién es.

El segundo grupo enfrenta a Italia con Argentina y Brasil. Dos de los favoritos al título. Matemáticamente, Italia necesita ganar al menos uno. Emocionalmente, parece un trámite de eliminación.

El 29 de junio, Italia gana a Argentina 2-1. Rossi no marca. Pero algo cambia: se mueve diferente, llega antes al primer pase, exige el balón con más insistencia.

El 5 de julio llega Brasil. El equipo de Zico, Sócrates, Falcão y Junior. El mejor equipo del torneo según todos los observadores previos al partido. Italia sale a especular. No puede. Brasil manda.

En el minuto 5, Rossi remata de cabeza un centro de Cabrini. 1-0 Italia. El Sarrià contiene el aliento.

Brasil empata. Luego se adelanta 2-1. El partido parece terminado. Brasil solo necesita empatar los últimos minutos para pasar.

Minuto 25 de la segunda parte. Tardelli pone un balón al área. Rossi llega desde segunda línea, controla entre dos defensas y dispara antes de que nadie pueda leerlo. 2-2. El Sarrià explota.

Minuto 74. Cabrini centra desde la izquierda. Rossi, que no debería estar en esa posición, está. Cabecea. 3-2. Italia gana. Brasil queda eliminado.

Zico sale del campo sin comprender qué ha pasado. Tardará años en asumirlo.


Las semifinales: Polonia no puede con él.

El 8 de julio, Italia se enfrenta a Polonia en el Camp Nou. El delantero polaco Zbigniew Boniek, goleador del torneo hasta ese momento, lleva una suspensión por acumulación de amonestaciones. Sin él, Polonia es un equipo diferente.

Rossi marca dos. Italia gana 2-0. En ese momento suma cinco goles en dos partidos. El hombre que no existía hace diez días lidera las estadísticas del torneo.


Madrid, 11 de julio. La final.

El Bernabéu. Italia contra Alemania Occidental. Presencia del Rey Juan Carlos I y del presidente Sandro Pertini, que ya no se molesta en disimular su alegría en el palco.

Minuto 57. Tardelli y Gentile construyen una jugada por la izquierda. Rossi remata desde el corazón del área. 1-0. El 11 de julio de 1982, Paolo Rossi marca en una final del mundo ante cuarenta mil espectadores y varios cientos de millones de telespectadores que siguen el partido en directo.

Italia gana 3-1. Sandro Pertini celebra con el equipo en el vestuario. Las imágenes dan la vuelta al mundo.


El balance.

Seis goles en cuatro partidos de fase final. Bota de Oro. Balón de Oro. Campeón del mundo. Y todo esto empezando el torneo como el jugador más cuestionado del planeta.

La FIFA no ha visto nunca nada igual. Un jugador que llega inhabilitado, silbado, cuestionado por su propio país, y que se convierte en el factor decisivo de un torneo en la última semana. Bearzot lo supo antes que nadie. Rossi lo ejecutó cuando más importaba.

El Totonero, al final, no borró su historia. Solo la complicó un poco.


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